Siente una horda de palabras que quieren ser expulsadas por su boca, seguidas de los roces incesantes de la realidad en frente, el pecho apretado en ese punto entre el corazón y el esternón, de pronto se lleno de algo, de macizo sentimiento que no se disuelve. Por la punta de sus dedos abrirá la puerta que expulse fuera, fuera de estos finitos poros que la atrapan, fuera de la elasticidad que se pierde, deshacer la piel a la vez que suenan las palabras, y en el momento exacto que las partículas atómicas alcanzan la velocidad reactiva, es entonces cuando todo se detiene.
Seca como piedra queda la lagrima dentro de los ojos, se endurece, la siente penetrante e insistente rogando por una salida que no existe. Chocó con la dermis todo su interior tratando de sobrepasarla, como una muralla de acero, contenida por algo que no tiene explicación, se detuvo congelada, sin entender nada, quiere ver brotar las palabras desde el estomago, invocando todo cuanto desee, soltar el dolor desperdigado el interior por las calles, por los muros, por el asfalto recalcitrante en esta noche de verano, cuando se congelo un momento inefable.
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